En mi primer viaje a Estambul en diciembre de 2012, mi primer destino fue Santa Sofía. Era una mañana muy fría; el día anterior había nevado.
Anduve desde el hotel Yiğitalp por las calles que recorre el tranvía T1, desde Aksaray hasta Sultanahmet. Al llegar al final de la calle Divan Yolu, empecé a vislumbrar a lo lejos la cúpula nevada de Santa Sofía; poco a poco apareció también ante mí el resto del edificio.
Anduve desde el hotel Yiğitalp por las calles que recorre el tranvía T1, desde Aksaray hasta Sultanahmet. Al llegar al final de la calle Divan Yolu, empecé a vislumbrar a lo lejos la cúpula nevada de Santa Sofía; poco a poco apareció también ante mí el resto del edificio.
Llegué hacia las 9:30. Entonces, Santa Sofía era el Museo de Santa Sofía. En el hotel me habían dicho que habría una larga cola. Sin embargo, no fue así. Primero, había que adquirir el billete de entrada y pagar. Después, se pasaba por un control de seguridad y se accedía a una zona ajardinada con fragmentos de restos arqueológicos encontrados en diferentes lugares de la ciudad y un café, lo que en tiempos bizantinos fue el atrio de entrada a la Iglesia.
Justo antes de entrar al edificio, hay una pequeña excavación con algunos restos de la primitiva Santa Sofía, la iglesia construida por el emperador Teodosio II y destruida durante la Revuelta Nika, en el año 532.
Al finalizar la Revuelta Nika, el emperador Justiniano I llamó a dos de los más grandes científicos de la época, al geómetra Antemio de Tralles y al matemático y físico Isidoro de Mileto, y les encargó la construcción de la Santa Sofía que a grandes rasgos ha llegado a nuestros días. La actual Santa Sofía es la tercera. Desde la finalización de las obras, el edificio no ha recibido más que alabanzas.
Si por fuera es impresionante, por dentro no lo es menos.
Se entra por una de las cinco puertas que dan paso al exonártex desde el oeste. El techo del exonártex está todo cubierto de mosaicos dorados. Una vez allí hay otras cinco puertas que conducen al nártex. Por la puerta central, la Puerta Imperial, el emperador y su comitiva hacían su entrada solemne en la basílica. Encima de esta puerta hay un mosaico que representa al emperador León VI arrodillado ante Jesucristo en un trono; se le denomina La Majestad de Cristo y fue descubierto en el siglo XX tras eliminar el yeso que los turcos habían colocado encima siglos antes. Atravesar esta Puerta por primera vez y encontrarte con la enorme nave central, con su cúpula, sus arcos y columnas, su espacio, su sonoridad... es verdaderamente impactante, algo inolvidable, casi iniciático. Se dice que Justiniano, al cruzar la Puerta Imperial por primera vez exclamó: "Salomón: te he superado."
Una vez dentro de la nave, la mirada se dirige inevitablemente hacia arriba, hacia la gigantesca cúpula, uno de los grandes logros arquitectónicos de la Antigüedad. Cuando se construyó, nadie había sido capaz antes de crear algo así. A los pocos años de haberse terminado, se derrumbó a causa de un terremoto. Isidoro el Joven, sobrino de Isidoro de Mileto, la reconstruyó, esta vez más alta y más segura. Las cuarenta ventanas en la base dejan pasar la suficiente luz como para iluminar la belleza del conjunto, pero no tanta como para impedir el recogimiento en esta antigua basílica, que fue centro de la Cristiandad durante casi mil años. Al parecer, estuvo cubierta de mosaicos.
Deambulé durante un buen rato, saboreando cada rincón e imaginándome lo que este venerable edificio habrá visto y oído. No sabía dónde mirar: las columnas de mármol verde y de pórfido, los capiteles repujados con el monograma de los emperadores Justiniano y Teodora, los mosaicos del ábside, las tribunas, la cúpula y sus ventanas, los medallones de época otomana, los ángeles en las pechinas, el mihrab y el minbar, el lugar donde se colocaba el trono imperial, el suelo de mármol, la biblioteca de Ahmet III...
Mientras me encontraba allí experimentando la magia del lugar, me acordé de lo que se cuenta que les ocurrió a los embajadores del príncipe Vladimir de Kiev en el siglo X. Este príncipe buscaba una religión para él y para sus súbditos. Mandó emisarios a diferentes partes del mundo para que le informaran de cuál era la religión verdadera. Cuando llegaron a Constantinopla, fueron llevados a Santa Sofía. Quedaron tan fascinados por la pompa y el boato, las vestiduras, los cánticos, el incienso del ritual ortodoxo y, sobre todo, por el efecto de la cautivadora liturgia ortodoxa en la iglesia más grande y bella de la Cristiandad, que declararon a su príncipe que lo que experimentaron allí no lo habían vivido jamás; que no sabían si estaban en el cielo o en la tierra, pero que estaba claro que Dios vivía allí y que no había en el mundo un servicio religioso como el que habían presenciado en este lugar. Y Vladimir y su pueblo se convirtieron al cristianismo ortodoxo. Poco después, la princesa bizantina Ana, hermana del emperador Basilio II, se casaría con el príncipe de Kiev.
En la parte noroeste, al final de una de las naves laterales, descubrí la Columna de San Gregorio, de forma rectangular. Desde tiempos inmemoriales existe la superstición de que tocar esta columna o besarla cura enfermedades relacionadas con la vista y favorece la fertilidad. Ha sido tocada o besada durante tanto tiempo que se ha hecho una oquedad en el mármol.
Para acceder a la parte de arriba salí por la puerta más al norte del nártex, torcí a la derecha y subí por una rampa hasta llegar a la planta superior.
En la parte noroeste, al final de una de las naves laterales, descubrí la Columna de San Gregorio, de forma rectangular. Desde tiempos inmemoriales existe la superstición de que tocar esta columna o besarla cura enfermedades relacionadas con la vista y favorece la fertilidad. Ha sido tocada o besada durante tanto tiempo que se ha hecho una oquedad en el mármol.
Para acceder a la parte de arriba salí por la puerta más al norte del nártex, torcí a la derecha y subí por una rampa hasta llegar a la planta superior. La parte superior no es menos interesante que la de abajo, especialmente las vistas del conjunto desde las tribunas. Además, hay varios mosaicos de gran belleza y perfección: La Deesis, Cristo Pantocrátor entre Constantino IX Monómaco y la emperatriz Zoe, la Virgen con el Niño entre el emperador Juan II Comneno y la emperatriz Irene y, el más antiguo de todos, un retrato del emperador Alejandro. Aparte de ello, me llamó la atención la tumba del dux veneciano Enrico Dándolo y una cancela de mármol exquisitamente tallada.
Tras permanecer un buen rato en la parte superior, contemplando boquiabierto todos sus tesoros, descendí por la rampa hasta regresar a la nave central y al nártex y, después, salí al Vestíbulo, que se encuentra al sur del nártex. Esta sala comunicaba el antiguo Patriarcado con la Basílica. El emperador se quitaba la espada aquí y los soldados esperaban a que regresara de la ceremonia religiosa.
Tras permanecer un buen rato en la parte superior, contemplando boquiabierto todos sus tesoros, descendí por la rampa hasta regresar a la nave central y al nártex y, después, salí al Vestíbulo, que se encuentra al sur del nártex. Esta sala comunicaba el antiguo Patriarcado con la Basílica. El emperador se quitaba la espada aquí y los soldados esperaban a que regresara de la ceremonia religiosa.Justo encima de la puerta del Vestíbulo, se puede ver uno de los grandes mosaicos de Santa Sofía: el de la Virgen y el Niño entre Constantino y Justiniano.
Se sale del Vestíbulo a través de la llamada Puerta Hermosa, una preciosa puerta de madera, toda ella cubierta de bronce repujado del siglo II antes de Cristo. Se cree que el emperador Teófilo la trajo de un antiguo templo pagano de Tarso, Anatolia, en el siglo IX.
Tras atravesar esta Puerta, ya se está fuera del edificio. Poco después, a la derecha, se puede ver la barroca fuente de abluciones de la Mezquita de Santa Sofía, recientemente restaurada. Fue mandada construir en el siglo XVIII por el sultán Mahmut I.
Permanecí en Santa Sofía alrededor de 2 horas. Estando allí concluí que, ni el saqueo que sufrió durante y después de la Cuarta Cruzada, ni su conversión en mezquita tras la conquista turca, o en museo con Mustafa Kemal Atatürk han conseguido cambiar su esencia. Sigue siendo aquello para lo que fue concebida: la iglesia que sobrepasa a todas las iglesias, un derroche de arte y belleza.
El 5 de marzo de 2013 regresé por segunda vez. Era la última mañana de mi segundo viaje a Estambul. Fue mi despedida de Estambul, antes de partir hacia España.
Eran las 8:55 am y había una cola larguísima para entrar. No me apetecía esperar y pensé que, si iba un poco después, es posible que la cola hubiera disminuido. Decidí, por tanto, ir a visitar la Mezquita Azul.
Un rato después regresé y, afortunadamente, la cola era muy pequeña y en unos pocos minutos ya estaba dentro.
Intenté fijarme en aquellos detalles a los que no había prestado demasiada atención durante mi primera visita.
Intenté fijarme en aquellos detalles a los que no había prestado demasiada atención durante mi primera visita.
En primer lugar, me detuve un rato a ver, una por una, las piezas que se encuentran en la zona ajardinada, al lado de donde antes había un café. Me llamó la atención que, en una esquina, había una tumba muy lujosa y elaborada de época bizantina, y en el centro un ambón de una de las desaparecidas iglesias que se construyeron en la antigua Constantinopla, en el Foro de Teodosio, donde está ahora la Plaza Beyazıt. Me paré también un poco delante de lo que queda de la segunda Santa Sofía, la de Teodosio II.
Entré hasta la nave central pero esta vez me produjo una gran desilusión el encontrarme con que la parte izquierda estaba en obras, llena de andamios. Nada que ver con mi anterior viaje en diciembre de 2012. Subí a la galería superior. No había demasiados turistas, por lo que pude disfrutar casi a solas de los mosaicos, especialmente de la Deesis (Jesucristo, la Virgen María y San Juan Bautista), de la Virgen con el Niño entre el emperador Juan II Comneno y la emperatriz Irene y de Cristo Pantocrátor entre Constantino IX Monómaco y la emperatriz Zoe. Este último tiene la peculiaridad de que la cabeza del emperador fue cambiada después de que la emperatriz Zoe se casara con él en terceras nupcias, ya que el rostro original era el de su primer marido, el emperador Romano III Argyros o, con menos probabilidad, el de su segundo marido Miguel IV el Paflagón. Aparte de ello, la cara de Zoe es la de una mujer joven; sin embargo, Zoe se casó por primera vez cuando tenía más de 40 años y con Constantino IX tras cumplir los 60. Al parecer, Zoe estaba muy obsesionada con mantenerse joven siempre y para ello utilizaba toda clase de ungüentos en la piel; no sabemos si lo consiguió o si su retrato en este mosaico está idealizado.
También me fijé que el techo de las galerías de la parte de abajo está totalmente cubierto con teselas doradas (¿de oro?).
En mi tercer viaje a Estambul, en diciembre de 2013, volví a visitar Santa Sofía. Entré a las 9:30 am y permanecí alrededor de una hora.
Al igual que la vez anterior, estuve un rato en el bosquecillo de ruinas bizantinas junto al café. Nunca he entendido por qué las tienen ahí; son verdaderas obras de arte y están siempre a la intemperie, sin rótulos que indiquen su procedencia, y todo el mundo las puede tocar.
Entré en el edificio por el nártex. Siempre me maravilla el mosaico encima de la Puerta Imperial, el de León VI arrodillado ante Jesucristo. Es el mosaico que resume todo lo que fue Santa Sofia durante toda la etapa bizantina: lugar de encuentro entre el poder temporal y lo espiritual, en el que lo mundano se inclina ante el infinito, belleza plástica que intenta emular la belleza celestial, el oro y la pompa como metáfora de lo infinito.Pasé a la nave central y estuve paseando por allí un rato. Me fijé esta vez en la zona acordonada que hay enfrente del ábside, un mosaico en el pavimento con círculos de granito, mármol y pórfido, lugar en el que eran coronados los emperadores bizantinos.
Subí a las galerías de la parte alta y me deleité una vez más contemplando los maravillosos mosaicos y las vistas de la basílica desde allí.
Al bajar, de vuelta al exonártex, descubrí algo que ya busqué la vez anterior pero no supe encontrar. Se trata del sarcófago de la emperatriz Irene Comneno, originalmente en la Iglesia del Pantocrátor, saqueado en 1204, y que permaneció al aire libre durante siglos hasta que en el siglo XX fue llevado a Santa Sofía.Salí por el Vestíbulo, no sin antes contemplar una vez más el mosaico de Constantino y Justiniano con la Virgen María y el Niño.
Serían alrededor de las 10:30 am.
Volví a Santa Sofía en diciembre de 2017 y en marzo de 2020. En este último año, después de mi visita en marzo, el gobierno turco decidió reconvertir el edificio en mezquita una vez más. Ahora ya no había que pagar para entrar.
A pesar de las protestas en el país y fuera del país, a pesar de ser Patrimonio de la UNESCO, centro de la Iglesia Ortodoxa durante cerca de mil años (hasta la conquista otomana), posteriormente mezquita y después museo, el régimen del Presidente Erdoğan giraba el reloj de la historia hacia atrás Esta desafortunada decisión es la punta del iceberg de la obsesión del régimen por erosionar y destruir la obra del Presidente Atatürk, que concibió Turquía como un Estado moderno y abierto en el que los edificios de interés histórico-artístico, que primero habían sido iglesias y después mezquitas, pasaran a convertirse en museos para que no sólo los musulmanes o los cristianos, sino también el resto del mundo, pudieran disfrutar de ellos.
Tenía curiosidad por ver cómo había quedado Santa Sofía después de su reconversión a mezquita. Lo intenté en diciembre de 2022. Me informé con antelación y llegué a las 8:30 am esperando que abrieran a las 9:00 am. Después de permanecer un buen rato en la cola, se nos acercó un guarda de seguridad y nos informó a los que estábamos allí que no abrirían las puertas a los turistas hasta las 10:00 am. Me pareció una tomadura de pelo y decidí irme a visitar otro sitio.
El 21 de diciembre de 2023 lo volví a intentar de nuevo. Esta vez tuve más suerte. Llegué a las 8:30 am, me puse a la cola (sólo había cinco personas antes que yo), empezó a llover y enseguida vino un guardia, nos abrió las puertas y nos dejó entrar.
Tuve que pasar por un control de seguridad pero, en un momento, ya estaba en el patio de entrada. Como ya he comentado, la entrada era gratis.
Las diferencias fundamentales que encontré con la situación anterior fueron las siguientes:
1. Ya no había un café en medio del bosquecillo de ruinas.
2. Había que descalzarse antes de entrar en la nave central. Se podían dejar los zapatos en unos armarios con cajetines y llave, que se encontraban junto a la Puerta Imperial.3. Las mujeres tenían y tienen que llevar cubierta la cabeza.
4. Toda la nave central está cubierta con alfombras. Por lo tanto, no se puede ver ya el maravilloso suelo de mármol de época bizantina. Sólo queda al descubierto el lugar que se reservaba a los emperadores bizantinos.
5. La Columna de San Gregorio ha quedado dentro de la zona reservada para las mujeres musulmanas que quieren rezar, por lo que ya no se puede tocar y sólo se ve de lejos.6. No se podía subir a la galería de la parte de arriba. La entrada estaba vallada y se oía gente trabajando. Al salir, pregunté a una guardia de seguridad si en el futuro próximo se iba a abrir esa zona. Me dijo que sí, que estaban restaurando y arreglando alguna cosa pero que, a partir del 15 de enero de 2024, se cobraría a los turistas por visitar la parte de arriba de Santa Sofía.
En junio de 2024 participé en un viaje organizado por la ruta de San Pablo en Turquía. Los dos últimos días los dedicamos a Estambul. El 12 de junio, miércoles, tras visitar el Palacio de Topkapı, la guía nos llevó a ver Santa Sofía. Varias cosas habían vuelto a cambiar desde mi última visita en diciembre de 2023.
Para quien quiera visitar Santa Sofía después de enero de 2024, la situación es la siguiente:
1. La entrada es gratis sólo para musulmanes que acudan a la oración. Para ellos se ha reservado toda la parte de abajo de la nave central.
2. Para los turistas, la entrada no es gratis. Hay que comprar billete, y el billete no es barato. Creo que se compra online o en las taquillas que hay en la Puerta Imperial (Bâb-ı Hümâyun), por la que se entra al Palacio de Topkapı, enfrente de la Fuente de Ahmet III y de Santa Sofía. Digo "creo" porque, en mi caso, los billetes los había sacado ya la guía y no conozco esta información de primera mano. Ni el MuseumPass Istanbul ni ningún otro pase sirve para acceder a este lugar. ¡Y los ciudadanos turcos pagan un precio diferente, por supuesto mucho más bajo!
3. Se entra a Santa Sofía por una puerta en la parte noreste, enfrente de la Fuente de Sultán Ahmet III. Detrás de la entrada, hay una rampa que conduce a la parte superior del edificio, la única que se puede ver ahora. Aunque sólo se vea eso, vale siempre la pena. La vista de la nave central desde la galería es algo fuera de lo común, y los preciosos mosaicos bizantinos dejan con la boca abierta a la mayoría. Sin embargo, uno tiene la impresión de que le están tomando un poco el pelo. Al menos, al principio de su conversión a mezquita, no se pagaba nada por ver la zona de abajo, se fuera musulmán o no. Ahora se ve sólo la zona superior y pagando. Sólo los musulmanes pueden disfrutar de la parte de abajo, y sin pagar.
4. Se sale por la rampa de siempre, la que lleva a la zona de abajo, al nártex. Sin embargo, no se permite pasar a la nave central, y el mosaico encima de la Puerta Imperial, el de León VI arrodillado ante Jesucristo, está cubierto por unos paños blancos o sábanas y no se puede ver. Se recorre el nártex y se sale por el Vestíbulo.
5. El mosaico de la Virgen María con el Niño Jesús en el ábside de la nave central está cubierto también con unos paños blancos y no se puede ver ni desde abajo ni desde arriba. Esto se debe a que, para los musulmanes, un lugar de oración no debe contener imágenes.
6. La Columna de San Gregorio ya no se puede ver ni tocar, a menos que se sea mujer musulmana, ya que ha quedado dentro de la zona reservada para las mujeres musulmanas en la nave central.
7. Las mujeres, sean musulmanas o no, turistas o no, se deben cubrir la cabeza con algún pañuelo o hiyab. Si no llevan nada, tendrán que comprarlo antes de entrar.
8. Como es una mezquita, hay que ir vestido con propiedad. No se puede ir con pantalones cortos ni enseñando piernas, hombros, ombligos, etc. Si alguien no viste adecuadamente, antes de entrar tendrá que comprar algo para ponerse encima o no podrá entrar.
Es evidente que convertir Santa Sofía en mezquita ha sido un gran error. Lo he hablado con varios turcos y todos están de acuerdo.
En primer lugar, la zona donde se encuentra Santa Sofía no está muy poblada. Sin embargo, hay muchas mezquitas en la zona, con lo cual el motivo por el que se convirtió en mezquita no fue religioso sino político.
En segundo lugar, cuando era museo, había que pagar y eso suponía enormes ingresos para el Estado, porque es la atracción turística nº 1 de Turquía. Convertirlo en mezquita implica que la entrada es gratis, porque en Estambul no se paga por entrar en las mezquitas. En consecuencia, el país ha perdido una fortuna. Quizás por esta razón a alguien se le ocurrió una solución intermedia: que se mantenga como mezquita pero que a la vez se le pueda sacar rendimiento económico.
Ya veremos si funciona este híbrido pero sé de muchas personas que han estado en Santa Sofía y no les ha parecido que valiera la pena pagar lo que hay que pagar por sólo ver parte del monumento. Otros han decidido no entrar y han preferido ir a mezquitas gratuitas como la Mezquita Azul, Süleymaniye y otras.




